"Y recordá / la vida / no es más que estos pedazos de nosotros / compartidos con los demás"

jueves, 25 de agosto de 2016

TALLER LITERARIO EN CITY BELL sigue abierta inscripción







TALLER LITERARIO EN CITY BELL sigue abierta inscripción

Sigue abierta la inscripción al taller literario. No es necesaria experiencia previa (ni con talleres, ni con la escritura). El taller es un espacio para compartir lecturas de diversos autores, y en el caso de escribir, leer nuestro propio material. Los grupos se arman en base a la disponibilidad del tallerista, día y hora a convenir. Lectura. Escritura creativa. Narrativa breve, cuento, relato. Poesía. Para adultos y adolescentes. Armado, corrección, edición y publicación de libros. Pueden ser grupales o individuales. 

Es necesaria entrevista previa (para despejar dudas).

(Por mail: jmpallaoro@gmail.com). 

domingo, 17 de julio de 2016

ABELARDO CASTILLO Ignoro si, como quería Mallarmé












TALLER ABELARDO CASTILLO
(Buenos Aires, 1935)

    Ignoro si, como quería Mallarmé, el mundo ha sido hecho para llegar al libro, pero estoy seguro de la inversa: los libros han sido, son y serán escritos para llegar al mundo. Los emperadores, algún califa, ciertos monjes de la Edad Media, los teólogos de la Inquisición, y la policía, han olvidado, por turno, aquello que los latinos llamaron "el destino del libro", su paralela historia con el hombre, quien, como se sabe desde Prometeo, tiene entrañas de inmortal— y, por turno, han pasado a esa turbia posteridad que también, implacablemente, registran los libros: a sus capítulos largos de execración. 

    Esto lo escribíamos, en otro sitio, hace un año, cuando el fantasma del Senador Mac Carthy (Mac Burro, dijo Guillén) se nos apareció de golpe, disfrazado de Sargento Chirico y, sin más trámite que el usual trabucazo en las costillas, prohibió Gaceta Literaria, El Grillo de Papel, Fichero, Cuadernos de Cultura, Cuatro Patas, clausuró no sé cuántas editoriales y saqueó (entre otras cosas) bibliotecas. Aquella vez, hubo una Mesa Redonda en la SADE, alguien propuso un Comité de Defensa de la Cultura, y, a la salida nomás, en una cantina de San Telmo, ideamos el nombre de esta revista. No sabemos, pues, si festejar la Efemérides o llorarla, porque hasta hoy nadie se atrevió a formar aquella Junta, siguen en silencio las mejores publicaciones literarias del país y, todavía, hay en las imprentas interdictas, ciertos caballeros de azul, con gorra, fumando en la puerta. Hemos visto muchas arbitrariedades en este tiempo. La poderosa castidad de un fiscal originó pleitos, juicios, censuras: soportamos, incluso, la intolerable payasada de ir presos. Hace unos meses fue cerrada Impresora del Oeste; el otro día, la revista Che y, con ella, algo de lo poco (o quizá todo) lo que en este país nos quedaba para leer sin arriesgarnos a morir fulminados por la súbita imbecilidad, la vergüenza, la risa o sencillamente el asco. Por fortuna hay gente empecinada publicar revistas. Hoy en la Cultura, Eco Contemporáneo, Palabra, Una Hoja, Síntesis, Airón, son algunas de las que quiero recordar ahora. La cercanía afectiva, o ideológica, no impide sin embargo que uno, al leerlas, se sienta escéptico: en general (salvando las dos primeras) dan la idea de ser publicaciones estudiantiles, atropelladas, neblinosamente escritas cuando no —como sucede con Una Hoja, con Entrega— mal escritas. 0 de misteriosa ideología, como sucede con Eco Contemporáneo. Se dirá, en el primer caso, que importa menos escribir "bien" que tener algo que decir. Y de eso, justamente, se trata, porque es bastante inextricable que, quien piensa bien, pueda escribir mal. En el segundo caso se objetará (tal vez) que no es imperioso, para dar una opinión honesta o escribir un magnífico cuento, tener "ideología", sea misteriosa o explícita. Es cierto, pero, si no bastara indagar el luminoso origen de la palabra ("idea") podríamos alegar que no hablábamos de Dogma, de Ortodoxia, sino de coherencia intelectual. Y siempre nos pareció bastante menos hirsuto tenerla que carecer de ella. Por otra parte, al traer a la memoria el humillante panorama de la cultura argentina, la sistemática violencia que el Estado ejerce sobre las ideas, sobre la creación artística, sin olvidarnos (de paso) que estamos trabajando en un sistema donde la televisión, la radio, el periodismo están imaginados para un nivel de inteligencia tipo norteamericano medio —entiéndase, aproximadamente, al nivel de un chimpancé adulto—, al recordar esto, digo, lo menos que puede pedírsele al hombre que dirige una revista, a quienes la hacen, es claridad de juicio y —toda vez que se expresan por medio de la ficción, o el poema— una razonable dosis de belleza. Lo demás, son chiquilinadas de adolescentes jugando a ser importantes. El riesgo que se corre entre nosotros, es que, cualquier día al millón y medio de literatos, poetas, filósofos y teóricos que protuberan en Buenos Aires se les antoje darse el gustazo de publicar su revista propia: inigualable espanto, si se piensa —por ejemplo— que trabajando todos de acuerdo podríamos editar un diario enorme, como La Nación —o, seamos francos, hacer una revolución, no, precisamente, literaria.
    Estas dos necesidades, la de una buena literatura (redundancia que en cualquier otro idioma del mundo sería un disparate sintáctico, pero que, en argentino, es una imposición histórica), ésa, y la urgencia de claridad intelectual son, a mi entender, lo único que puede justificar el trabajo, penoso, impago, temible, de escribir. Intelectual y Literatura —lo sé— son dos palabras que se han vuelto despreciables; pero de esto tienen la culpa, justamente, quienes ignoran qué es un escritor y qué es un hombre inteligente. No se trata de reivindicar vocablos, sino de rescatar, para nosotros, la idea que ellos representan. Porque somos nosotros: Hoy en la Cultura, Airón, El Escarabajo de Oro, Una Hoja, Síntesis, Eco Contemporáneo, Palabra: los que escribimos y caminamos por los quioscos, y andamos enloquecidos levantando pagarés o gambeteándole a la censura, padeciendo lo que creamos, amándolo; los que quizá nacimos para otra cosa, para inventar novelas grandes, o cuentos inmortales, o poemas irrepetibles, o dramas para siempre, pero de pronto estamos sacando una revista, peleándonos a palabra limpia con la vida, ganándosela a ellos por derecho de juventud y de pasión; somos —acaso— los únicos que podemos inventar el limpio significado de las bellas palabras; los únicos que tenemos motivos legítimos para hacerlo. No hay más que una literatura, la grande, no hay, para el escritor, más que una justificación: escribirla. Lo demás, es tipografía.


En revista “El escarabajo de oro”, nº 5, febrero de 1962.




Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.-

martes, 12 de julio de 2016

FRANZ KAFKA No te enojes conmigo











FRANZ KAFKA
(1883-1924)
CARTAS A MILENA

          Me arrepiento mucho de ciertas cosas que he escrito en los últimos tiempos. No te enojes conmigo. Y, por favor, no te martirices con la idea de que no puedes liberarte sólo por tu culpa, exclusivamente por tu culpa. Más bien es culpa mía, algún día te hablaré de eso.



Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.-

lunes, 13 de junio de 2016

MARGUERITE DURAS Se está solo en una casa









TALLER MARGUERITE DURAS
(Francia, 1914 – 1996)
EL ESCRIBIR

     Se está solo en una casa. Y no fuera, sino dentro. En el jardín hay pájaros, gatos. Pero, también, en una ocasión, una ardilla, un hurón. En un jardín no se está solo. Pero, en una casa, se está tan solo que a veces se está perdido. Ahora sé que he estado diez años en la casa. Sola. Y para escribir libros que me han permitido saber, a mí y a los demás, que era la escritora que soy. ¿Cómo ocurrió? Y, ¿cómo explicarlo? Sólo puedo decir que esa especie de soledad de Neauphle la hice yo, fue hecha por mí. Para mí. Y que sólo estoy sola en esa casa. Para escribir. Para escribir no como lo había hecho hasta entonces. Sino para escribir libros que yo aún desconocía y que nadie había planeado nunca. Allí escribí “El arrebato de Lol V. Stein” y “El vicecónsul”. Luego, después de éstos, otros. Comprendí que yo era una persona sola con mi escritura, sola muy lejos de todo. Quizá duró diez años, ya no lo sé, rara vez contaba el tiempo que pasaba escribiendo ni, simplemente, el tiempo. Contaba el tiempo que pasaba esperando a Robert Antelme y a Marie-Louise, su joven hermana. Después, ya no contaba nada.



Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.-

viernes, 10 de junio de 2016

ALEJANDRA PIZARNIK La poesía es el lugar donde todo sucede















TALLER ALEJANDRA PIZARNIK
(Buenos Aires, 1936 – 1972)
LA POESÍA ES EL LUGAR EN DONDE TODO SUCEDE

     La poesía es el lugar donde todo sucede. A semejanza del amor, del humor, del suicidio y de todo acto profundamente subversivo, la poesía se desentiende de lo que no es su libertad o su verdad. Decir libertad y referir esta palabra al “mundoinmundo” en que vivimos o no vivimos es decir una mentira. No lo es cuando se las atribuye a la poesía: lugar donde todo es posible.
     (…)
     Nos vienen previniendo, desde tiempos inmemoriales, que la poesía es un misterio. No obstante la reconocemos: sabemos dónde está. Creo que la pregunta ‘¿Qué es para usted la poesía?” merece una u otra de estas dos respuestas: el silencio o un enorme libro que relate una aventura no poco terrible: la de alguien que parte a cuestionar el poema, la poesía, lo poético; a tocar (y abrazar) el cuerpo del poema; a verificar su poder encantatorio, exaltante, revolucionario, consolador. Algunos ya nos han contado este viaje maravilloso. En cuanto a mí, por ahora es un estudio.

París. Diciembre de 1962




Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.-

miércoles, 25 de mayo de 2016

HORACIO QUIROGA El hombre pisó algo blanduzco













TALLER HORACIO QUIROGA
(El Salto, Uruguay, 1878 – Buenos Aires, 1937)


A LA DERIVA

     El hombre pisó algo blanduzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yararacusú que arrollada sobre sí misma esperaba otro ataque.

     El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.
     El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.
     El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que como relámpagos habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
     Llegó por fin al rancho, y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
     —¡Dorotea! —alcanzó a lanzar en un estertor—. ¡Dame caña!
     Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.
     —¡Te pedí caña, no agua! —rugió de nuevo. ¡Dame caña!
     —¡Pero es caña, Paulino! —protestó la mujer espantada.
     —¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
     La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.
     —Bueno; esto se pone feo —murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
     Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y llegaban ahora a la ingle.  La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.
     Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentóse en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú. El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito —de sangre esta vez—dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.
     La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.
     La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.
     —¡Alves! —gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.
     —¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! —clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.
     El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.
     El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.
     El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.
     El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.
     Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente. 
     De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la respiración también... 
    Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves...
     El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.
     —Un jueves...
     Y cesó de respirar.



Cuentos de amor de locura y de muerte, 1917.


Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.-

lunes, 23 de mayo de 2016

GABRIELA LA MALFA Hay un sol










TALLER MÚSICA DEL ALMA 
GABRIELA LA MALFA
Comparto esta belleza.



Hay un sol,
que enciende mi vida,
que cura mi herida,
que camina suavemente
sobre mi.

Y me lleva,
como si me abriera
paso entre la selva
como un rey.

Casi sin saber
desliza su mirada tibia,
abriéndose camino en mi corazón,

casi sin saber desliza su mirada clara,
transformando el mundo en un segundo…

(“Platónico”, canción de Gabriela La Malfa. Versión de Edgardo Cardozo y Juan Quintero, del CD “Amigo”, 2007).

Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller. -